ALBAICINEROS


UN MONTÓN DE HARAPOS LLAMADO ROQUE

Los hippies que quedaban a finales de los setenta ya no eran muy flower power.

Roque había estado en la India. O quizá no, pero habían estado sus mejores amigos: dos hermanos de ilustres apellidos que hacían como si no, pero les encantaba que sí.

En todo caso, Roque había conseguido el status supremo, parecía un viejo de edad incalculable, y lograba permanecer muchas horas quieto en algún rincón, sentado en el suelo, cubierto de inextricables trapos, aunque eran sus propias ropas que nunca parecía quitarse. Encima de todo, o no del todo, su pelo polvoriento despeinado en todas direcciones. Fundido con la sombra dormitaba entre porro y porro, desinteresado de cualquier mínima actividad que pudiera acercársele.

Vivía con sus amigos en una cueva del monte, de difícil acceso, para disuadir a las posibles visitas y proteger el chocolate. Las escasas veces que salía era llevado y traído y daba la impresión de no saber nunca dónde estaba. Y de no importarle en absoluto.

Las pocas veces que hablaba no parecía pronunciar palabras, sino que emitía una especie de ronroneo continuo y apenas modulado. Era tan irritante y penoso de escuchar que sus sonidos parecían otra técnica disuasoria de cualquier acercamiento.

Laila tardó muchísimo en ver que apenas tenía veinte años, incluso llegó a sospechar que era un mendigo majara, recogido por los ilustres aventureros en alguna incursión de las innumerables que se les suponían a mundos lejanos e ilegales.

En aquel mismo año, a finales de la primavera, le sucedió la magna transformación. Alguien vino a verlo. Roque acabó lavado, peinado, bien vestido y bien lustrado. No había misterio: su papá era un ser poderoso y le había otorgado un cómodo trabajo en su despacho de abogados. Por esa causa la extraña criatura se metamorfoseó, desapareció rumbo a no conocieron qué norte y nunca más se supo. Laila sintió un rencoroso estupor.
                  




NICOLÁS A LOS VEINTE

A Nicolás le gustaba irse de los sitios. Cuando era estudiante vivía con una pandilla de amigos que iban a divertirse a tope y no siempre había sitio para él, un tipo taciturno, lacónico, bastante insociable y amigo de ocultarse.

La compasión agota y a los veinte años más. Así que todos se largaron a las fiestas de Caravaca y él se quedó solo en aquella casa albaicinera.

Amaneció con fiebre, la boca seca y dolor de cabeza. No los culpó del todo por haberlo dejado solo, pero se pasó un buen rato sintiendo ese lamento interior que parece una lluvia inacabable corazón abajo.

Trató de verse a sí mismo con frialdad, hasta observar que sólo se producía desprecio. En la percha colgaba una gran madeja de lana oscura, de color morado. La noche anterior le habían puesto dos chinchetas que parecían ojos y aquel rostro inerte y blando le recordaba esos seres inorgánicos de los libros de Castaneda.

Se había acostado con miedo anticipando la tardanza del sueño. Una extraña angustia, sin motivo concreto, un resto de la reciente adolescencia, una anticipación de la soledad definitiva, un rechazo, un Job sin concretar, un hueso en la garganta del alma, un sentirse forastero en su tierra -nunca fue suya-, una mano de manteca que pringaba sin derretirse en torno a sus pulmones, algo, en fin, tan inacabable que logró que se durmiera en plena desazón sin darle tiempo de hastiarse.

Soñó, o tal vez percibió como un sueño, borroso por las brumas de la fiebre, cómo Luigi entraba por la terraza, harto de llamar a voces y que nadie le abriera, le tocaba la frente y lo obligaba a beber un vaso de algo fresco, lo arropaba y se iba por donde había venido.

Por la ventana entró un olor a membrillos y a hierbabuena. Fue a su cuarto, descolgó las fotos, los dibujos, los carteles, las postales de las monjas de Port Royal. Deshizo la telaraña de hilos azules que tan trabajosamente había construido meses atrás, exaltado por la lectura de Rayuela.

Abrió el armario y sacó la maleta. La instaló sobre la silla y fue colocando dentro toda su ropa bien doblada. La dejó abierta, como una boca de hipopótamo muerto. Rompió lo que había descolgado.

Bajó los libros al estante inferior del hueco de aquella ventana ciega que le hacía de librería. Todo lo que pareciera un adorno fue destruido. Entonces hizo la cama y se sintió mejor.

Faltaban aún dos meses para acabar el curso y los viviría en espera, como si se marchara mañana. No buscó el consuelo de nadie. Cuando volvieron los otros no supieron de dónde volvía él. Tampoco les importaba. Pero logró acabar el curso sin que le lloviera por dentro.

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