martes, 3 de noviembre de 2015

Santi Locre

Aunque llevaba un paraguas grande, Santi Locre se cobijó bajo un árbol todavía frondoso. Quería descansar del ruido que goteaba sobre su cabeza mientras decidía dónde ir. Tenía varios recados pendientes: el cajero, la farmacia, la frutería... Dinero para su padre, pastillas para su padre, naranjas para su padre. El viejo Augusto Locre parecía una fuente inagotable de tareas.
Miró sus zapatillas mojadas y el nubarrón oscuro que tapaba la sierra. Le gustó la calle de suelo brillante, la húmeda frescura del aire, la luz grisácea, la relativa soledad de las diez de la mañana, la certeza de disponer de un par de horas antes de regresar a la casa sombría y deslizarse por las vías de la rutina.