miércoles, 17 de junio de 2015

DE AQUELLA GRANADA TRANSITORIA

Paisaje: Granada, mediados de los setenta. Pisos de estudiantes, bodegas Castañeda, Plaza Nueva, Hospital Real, Puentezuelas, el quiosco siempre abierto de La Muerta, los jardines de Ciencias, los comedores universitarios, casa Paiz, Restaurante Andalucía, calle Elvira, taberna de los caracoles, la Muralla…
Un puñado de nuevos estudiantes estrenando lejanías. Nada de pueblo natal, de vecinos, de familia, de horarios de llegada, de avisos y recomendaciones, de exhaustivos interrogatorios paternos, sobre todo maternos, de corrillos chismosos: “¿Esa no es la nena de…?” “¡Vaya pintas que lleva!” “A saber…”
Matar al padre, matar a la madre, eran consignas para la inauguración de un tiempo inmaculado, recién muerto el dictador.
Lecturas de emergencia, Nietzsche, Freud, Alexandra Kolontai, Neruda, Bakunin, Antonin Artaud, Iván Illich…
Había que hacer tabla rasa, dejar de creer en Dios, en la familia y las tradiciones.
Liberarse.
Manifestarse con la Platajunta, por la amnistía y la libertad, dar la patada final a los restos carbonizados de aquellos cuarenta años de cutrez obligatoria.
Escuchar la Cantata de Quilapayún hasta sentir el corazón como un gurruño que ya solo se expandiría con el odio a los injustos, agazapado tras la compasión.
Ir a la Salve del Triunfo para gritar consignas y salir por pies calle san Juan de Dios abajo, delante de la policía.
Saberse de memoria las canciones de Paco Ibáñez, de Víctor Jara, Violeta Parra, Silvio Rodríguez...
Descubrir -¡descubrir!- que a García Lorca lo fusilaron los nacionales. 
Celebrar -el 5 a las 5- en Fuentevaqueros su nacimiento, apremiados por los grises, entre gritos y botas y camisetas rotuladas. Allí Aurora Bautista casi pedía perdón por haber hecho de Juana la Loca en el cine franquista, y María Teresa León -¿o Nuria Espert?- llevaba como una reliquia para la veneración juvenil el bastón de Rafael Alberti, que “nunca fue a Granada” y así quería continuar. Gritarle a una enfurecida y carrasposa Lola Gaos “Tú eres la Lola de España”. Ver a Blas de Otero, desde su nombre negro, vestido de negro, proclamar su amor a España, a la otra España, a la que perdió como una niña castigada, sucia y rota.
Creer que la única literatura española que valía la pena era la de los exiliados. Que Picasso era un dios. Y maldecir la poesía concebida como un lujo… etc. Cuántos buenos poetas nos perdimos, seguro.
Comprar libros de la editorial Losada, -Cernuda, León Felipe, Celaya, Neruda…- con ese deje de víctimas de la censura y falsa nostalgia porque en Argentina “se podía leer”.
Ir al cineclub a vitorear, ocultando nuestra ignorancia e incomprensión, “El acorazado Potemkin”, las películas de Bergman, de Visconti, de Passolinni,… a la facultad de ciencias, donde un “Ubú Rey” lleno de guiños y a toro pasado nos hacía sentir tan buenos entendedores. ¿Els Comediants?, ¿els Joglars?
El mundo se aclaraba a velocidad de vértigo. Los buenos y los malos quedaban pronto al descubierto. El franquismo era la piedra de toque infalible. Si dicen que es bueno, es malo, si dicen que es malo, es bueno; si dicen que es verdad, es mentira, si dicen que es mentira, es verdad.
Así se volvía urgente conocer la filiación del hablante antes de escucharle en serio ni una palabra. Y después ya no hacía falta escucharle nada. Si era de los nuestros ya sabíamos y si no era de los nuestros era facha y también sabíamos.

En ese clima de tontos ilustrados, de magníficos en su propia opinión, de indiscutibles, empezaron, por suerte, a surgir como el séptimo de caballería las dudas y las sospechas.

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