jueves, 5 de marzo de 2015

PENÉLOPE

Corregir es tejer y destejer. Volver sobre los párrafos de ayer, ya corregidos, y encontrarlos endebles, más adjetivados de la cuenta, redundantes, algún gerundio importuno, perífrasis que espesan el fluir, estúpidas tentaciones líricas. O totalmente innecesarios. Fuera.
Tiro del hilo y los párrafos colindantes adolecen de lo mismo. Oh, oh. Me quedo sin varias páginas de nuevo. Así que releo y releo, con gafas de gramática y sintaxis, acorto las frases, puntúo de otra manera, vuelvo a contar lo borrado, con el pensamiento en  cualquier otra relectura reciente, de algún autor cuya expresión me gusta; me imagino su risita doctoral, irónica, condescendiente, por encima de mi hombro, adjetivándome a su vez... O su excelso aburrimiento ante mi esfuerzo.
¿Y si lo dejo?
Es lo que muchas noches debió pensar Penélope: Ulises no vendrá. Nunca. Y aceptaré a cualquiera, los debe haber pasables.
Sólo que, como ella, yo prefiero esperarlo. Y, si nunca viniera, que me encuentre el final en el intento.

miércoles, 4 de marzo de 2015

MARAVILLOSAS OCUPACIONES

Escribir una novela. Sin prisa. Sin editor. Sin lectores, como es probable. El pobre Pedro Castañeda, un tipo insulso de la muerte, habla en primera persona de la única aventura de su vida: encontrarse un okupa en su casa de vacaciones. Que sin querer lo va a implicar en su negra historia. Pero mi Castañeda no se entera de ná.
Pasan los años. Lo menos cinco o seis. La edad me suaviza la exigencia. Retomo el texto. El pobre Pedro Castañeda empieza a caerme bien. Casi que ya no quiero que ande como un tonto ensimismado de su exmujer al okupa, del trabajo a la vida, del cuartelillo al deporte, del caño al coro, del muerto al moro.
Así que me aplico a retocar al pobre Pedro Castañeda. Pero es que parece que no tiene remedio. Todo lo que le pasa, casi todo, le viene de ser así precisamente. Mejor la ingenuidad que la malicia. El tipo ha sido agente de seguros. Descubre que ya es hora de abrirle la puerta a la inseguridad. ¿Un poco tarde?
Corto el final. Borro capítulos enteros. Más de ochenta páginas. No es una tontería. El texto completo no llegaba a las doscientas.  Corrijo párrafos recargados. Busco -y encuentro- gazapos y contradicciones.
No le gusta a nadie. Qué importa, con tal de que me guste a mí.
Trampa. A mí tampoco, todavía. Los libros que a mí me gustan le gustan a mucha gente.