jueves, 17 de julio de 2014

ESCRUTINIO


Por fin, en aquella escuela de la vega, tuve una tutoría de quinto. Mi asignación continua a los dos primeros cursos, después de quince años, terminaba. Agotadas las excusas que me vetaron en cursos anteriores, esta vez me tocaba elegir en primer lugar.
No obstante el equipo directivo seguía queriendo aquella tutoría para otro maestro y a mí en el primer ciclo. Trataron de disuadirme o de sembrarme la desconfianza: “Son muy malos, muy revoltosos, muy difíciles. Sus padres son complicados. Hay unos cuantos niños conflictivos. No estás hecha a tratarlos. Te meterán en problemas”. Pero mi deseo era tan antiguo que nada de aquello me importaba. Los conocía. Hacía apenas cinco años los enseñé a leer. Cuando repasé la lista de alumnos me di cuenta de que los recordaba muy bien. Habían crecido y ya no bastarían los pequeños textos que inventábamos en primer ciclo para encontrar historias y derroteros. Tenían que leer. Y mucho.
Desconocía casi por completo la popular colección de “El Barco de vapor” y otras similares. Lo poco que había visto me pareció aburrido y sin nervio. Me daba pereza investigar más en ese tipo de colecciones anticipando la decepción. Así que me propuse preparar una maleta con libros de mi infancia para llevárselos a mis crecidos alumnos. Libros probados todos, los que me hicieron feliz tantas horas, los que me abrieron algo más que ventanas al mundo exterior o acompañaron con agrado y sin pretensiones la soledad de aquellos años.
En el puente de las fiestas, en septiembre, me fui al pueblo, a casa de mi madre y subí a la cámara. Pensando en el escrutinio que le hicieron a don Quijote sus amigos, abrí dos viejos baúles de madera, de donde saqué y desempolvé unas cuantas docenas de títulos que tiraron del hilo de la memoria. Ahora yo no era yo, sino el cura y el bachiller, con la criba docente en ristre para escoger, de entre mis viejos sueños, los que juzgara más propicios.
Con esa idea elegí Ut y las estrellas, porque tenía un recuerdo poético del hombre primitivo que se empieza a civilizar al exponerse a la belleza; Tom Sawyer, por su alegría, sus amigos, sus charlas y su astucia; La isla del tesoro, cuyos recuerdos confundía con alguna película; La vuelta al mundo en ochenta días, ya enturbiada por los dibujos animados; Veinte mil leguas de viaje submarino, por la descripción del barco y sus mecanismos, y el tenebroso capitán Nemo; Cinco semanas en globo, por si les servía para aficionarse a los mapas; La Isla Misteriosa, mi favorito, por lo que tuvo de robinsoniano, con el agradable añadido de las charlas y las explicaciones científicas entre Herbert y Ciro Smith; La Ciudad del Rey Leproso, y la lucha encarnizada por alcanzar la maravilla del Kohinoor; algunos más de Verne y Salgari; Ivanhoe, Robin Hood, épico, heroico y justiciero; El infierno de Dante, una versión infantil de la Divina Comedia, con intención de subrayar el papel de Virgilio como guía en el mundo lóbrego; Mitología griega y romana, otro gran favorito, del que no me despegaba allá por mis siete años, en el cortijo de mi abuelo, hipnotizada por los poderes de los antiguos dioses, sus parentescos que no entendía, sus odios y amores, sus venganzas, sus celos, su continuo entrometerse con los humanos; Robinson Crusoe, en el que pensaba basar la presentación del curso a mis alumnos, para animarlos a descubrir que era mejor y más vivo lo difícil, el que no se lo dieran todo hecho; El Principito, que llegó a gustarme muchos años después de tenerlo, por si acaso algún alumno más sensible o espabilado le pillaba las vueltas; Zorro Rojo, elegido tan solo por ser de la misma colección que Ut y las estrellas, pero sin su encanto. Un mundo feliz, para empezar a preocuparlos, a mosquearlos acerca de las utopías, de las supuestas maravillas que les quisieran vender; Platero y yo, por las imágenes poéticas, por la belleza y dificultad de su lenguaje, capaz como pocos de grabarse en la memoria; Jennings sigue una pista, por divertido y travieso; Demian, para que vieran que se le puede dar la vuelta a cualquier historia y hacer algo especial de situaciones corrientes; Siddharta, por seguir con Hesse; Corazón, porque encontrarían allí un interesante panorama sobre la historia de la escuela, verían que siempre hubo problemas, odios, rencores, amistades y gratitudes en esos años colegiales, en esencia no tan distintos de los nuestros; El juglar de los zocos, una recopilación de cuentos orales marroquíes, para mí una verdadera joya, un libro de mi padre fechado en Madrid, en los años veinte; El candor del Padre Brown, por las explicaciones lógicas de los aparentes milagros; El Señor de las moscas, Fabiola, Sandokán, Los Bandidos del Sahara, Las nieves del Kilimanjaro y unos cuantos libros de la colección Héroes, de Bruguera, con la versión en cómic y en texto. Libros, muchos de ellos, que yo había recibido tanto tiempo atrás, con una emoción sin desengaño, tratando de adivinarlos por el tacto a través del papel, en noches de reyes, en cumpleaños, en santos, en vacaciones.
Allí, en la cámara, se quedaron los libros escolares, excepto un atlas, alguno de dibujo y un par de antologías de textos literarios; también, después de pensármelo un rato, se quedaron fuera la mayoría de los libros de mi padre y de mi tío: de novela negra, Agatha Christie y Dashiell Hammet, los inefables dramones en verso de Eduardo Marquina, el querido Diccionario Universal, desencuadernado y hecho polvo, los manuales técnicos y algún otro. No me llevé ninguno de poesía, con las que iban saliendo en los textos y alguna suelta que me fuera encontrando tendríamos bastante. Quizá fue un error.
El primer lunes, a mi regreso, les presenté los libros con estos o parecidos argumentos. Me escucharon interesados, sin impacientarse, haciéndome pasar de mano en mano el libro del que hablaba y pidiéndome algún dato personal del tipo ¿cuándo lo leíste? ¿dónde estabas? ¿quién te lo regaló? Los alumnos más problemáticos, por impacientes, traviesos y agitados, fueron los primeros en pedir alguno. Se disputaban la Mitología porque tenía grabados y por la serie de Hércules que ponían en la tele por entonces. Se apuntaron a leerla cuando fuera devuelta por el primero que la cogió y, con cierta resignación, se fueron llevando los demás.
Cerca de media clase leyó a destajo desde el principio de curso. Por placer, por supuesto. Sin resúmenes ni comprobaciones de lectura. Sin compromiso de acabar los libros. No había que contármelos. No valían para subir nota. Si no valían por sí mismos es que no valían para nada. Lo pillaron. Nunca les pregunté.
Vi que valoraban sobre todo el hecho de que aquellos libros fueran los míos, los que yo había leído cuando era como ellos, cosa que les conté para disculpar manchas, subrayados, desperfectos varios, y rogarles que no los destrozaran mucho pues no me gustaría perderlos.
Este episodio bibliotecario puso a los niños a mi favor durante el resto del curso y cuidaron de los libros tan bien que casi todos sobrevivieron a las lecturas de aquella terrible clase. Y, si alguno se estropeó definitivamente, alcanzó una muerte honrosa, mucho mejor que aquel apolillarse en un arcón de la cámara.





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