martes, 11 de noviembre de 2014

TRADUCCIÓN LIBRE


Los amigos: Te buscas lo que te pasa.
Dios: Dejad tranquilo a Job, que bastante tiene conmigo.
Job: Señor, ¡métete con uno de tu tamaño!
Teresa de Cepeda afila su pluma con la navaja de Occam y escribe a María de San José: Andalucía, para ti.

DOSTOYEVSKI EN DÍAS NUBLADOS



Chesterton, apoyado en Dios, nos explica el mundo.
Dostoyevski, chapoteando en el mundo, quiere explicarse a Dios.
Bueno, aquí dicen más cosas.

domingo, 9 de noviembre de 2014

BAJO LA LLUVIA

Vuelvo de pasear y me encuentro una nutrida carrera urbana. Supongo que algo solidario, no sé. Compro churros en la esquina y me voy a casa. El 9N. ¿Berlín? ¿Cataluña? Me da que esta maratón no tiene nada que ver. Me alegro. Cada día es único en cada sitio. Las conmemoraciones, condenadas a la arqueología con todas sus nostalgias.

lunes, 27 de octubre de 2014

OTOÑO ACCITANO

Siento que mis fotos no le hagan justicia. Si la gente -la mucha gente- supiera la belleza de sus formas y colores, el parentesco geológico con la Capadocia, la luz, la anchura, el benévolo cielo, que aquí está con las palmas de las manos hacia abajo... el valle de Guadix se vería siempre invadido por esos peregrinos cada vez más numerosos que van al Japón, o al Jerte, a ver los cerezos, a los bosques de Pensilvania, a los géiseres...
No sé. A lo mejor no es para tanto. Después de muchos años de cruzar por aquí, en toda estación y a distintas horas, creo que le debo al lugar un reconocimiento, todo lo público que puedo, de su hermosura. Y en otoño, más.

lunes, 20 de octubre de 2014

LA PROCESIÓN DE GRANADA

Me sorprendió con agrado el conocer que Granada sería considerada "ciudad teresiana", ya que creo que santa Teresa no llegó a fundar aquí personalmente, sino que envió a la madre Ana de Jesús. Así que me propuse asistir a la procesión que conduciría su imagen a la catedral, para inaugurar el V centenario y el jubileo.
Esas cosas -jubileos, centenarios, procesiones...- siempre me han sido extrañas, pero, dada mi antigua amistad con los escritos de la santa, me convencí (¿por qué y cómo?) de que no debía perdérmelo.
Así que me planté en el convento, cuya puerta principal estaba cerrada, aunque había una respetable cantidad de gente, músicos y estandartes de las cofradías. Me acerqué a la otra puerta, por donde vi que entraban y salían gentes engalanadas, y quise entrar a la iglesia. Un señor, amablemente, me explicó que si no formaba parte de la comitiva oficial, no podía. Me fui enfrente, a capitanía, y me entretuve en ver cómo se hacía de noche tras los tejados de san José, mientras llegaban incensantes los devotos o curiosos, sobre todo mujeres de todas las edades, que tenían cara de llamarse Teresa.
A las ocho se abrió la puerta y empezó a salir la procesión. Velas, estandartes de las cofradías, el báculo, la imagen, los músicos...
No era eso, no era eso. Apenas terminó de salir la imagen la puerta del convento se cerró y la procesión se desplazó calle san Matías abajo, como cualquier otra pero menos.
Me sentí, como siempre, forastera en Granada. Lo soy, lo soy, pero he vivido aquí las dos terceras partes de mi vida y me sorprende estar aún tan poco arraigada.
La imagen, sobre un trono prestado, supongo, con tantos oros bordados que el hábito carmelita resulta irreconocible, la pluma, el libro, el birrete de doctora y ¡una mantilla negra de encaje! A ella, que siempre se quiso libre de gala y regalo. Me fui calle abajo, con prisas de olvidarme lo antes posible y preguntándome ¿qué esperaba?
Dos días después quizá empiezo a darme cuenta. Esperaba sus palabras, pronunciadas en la iglesia del convento, por sus monjas o sus amigos, trozos de sus escritos, poemas, cartas, exhortaciones, alguna de sus canciones por lo menos, algo que la hiciera reconocible a mis ojos debajo de la pompa y la parafernalia.
Hacía mucho calor, la noche parecía de agosto. Yo me fui con una decepcionante sensación de frío, intentando, sin mucha energía, convencerme de volver a san José cuando no haya tanto ruido.

miércoles, 15 de octubre de 2014

EL VIEJO AMIGO


Me lo regaló un amigo, Luis, que ya murió hace unos años. Estábamos en su casa de Vistillas, en Granada. eran los años de la dispersión de aquella pandilla de albaicineros de variados orígenes que compartimos los primeros años de la democracia. Esta, por cierto, en seguida dejó de interesarnos. Partimos: unos a nuestras recién empezadas profesiones, otros a sus ciudades, de regreso de aventuras más o menos hippies, otros a su flamante islamismo, otros a la Alpujarra en busca del Shangri La... Yo, destinada en Salobreña aquel curso, 1979 - 80, acababa de hacer las catequesis de los neocatecumenales.
Todo era raro y nuevo. Luis me dejó contarle y desapareció en las habitaciones interiores, para volver al cabo de unos minutos con este libro, ya viejo por entonces como pude ver. Editado en 1945. Subrayado a lápiz, con fechas anotadas y, por lo visto, varios dueños sucesivos, el último nombre de un tal Honorato Rodríguez en 1968. No supe cómo le llegó el libro a Luis. A pesar de su incesante extroversión, su historia siempre me quedó bastante oscura. Se decía judío cabalista, con El Zohar como libro de cabecera por aquel tiempo. De judío a cristiana, me pareció una sucesión impecable. Acepté el libro y lo aprecié como si fuera un hilo de luz de esos que hablaba María Zambrano.
Durante nueve años lo leí todas las noches. Dios se lo pague.

martes, 14 de octubre de 2014

UNIFICANDO

Las primeras veces que vi negativos de fotografías -mi padre era fotógrafo y los retocaba con lápiz antes de revelarlos en papel- me llamó muchísimo la atención que no se parecieran en nada a las personas que acababan saliendo en las fotos.
Luego me extrañó, aunque menos, lo poco que se parece el dentro y el fuera de la gente. De mucha gente. Vaya, de mí.
Y lo bonitas que son las geodas por dentro y lo feas por fuera. O viceversa, que sobre gustos... hay demasiado escrito.
Para aceptar la convivencia inevitable de la luz con la sombra nada como el ajedrez. O la fotografía. O la paradoja. O el examen de conciencia. O estos pedacitos -qué más da, todo el mundo lo conoce- del poema de Santa Teresa.

Veisme aquí, mi dulce amor .
amor dulce veisme aquí. 
 ¿Qué mandáis hacer de mí?
 Dadme muerte, dadme vida,
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz cumplida,
flaqueza o fuerza crecida,
que a todo digo que sí.

lunes, 13 de octubre de 2014

LA ALCAIDESA DE PASTRANA


DOÑA BEATRIZ

(Viniendo a primer término, a su voz se descompone el grupo)

¡Madre, venga! Esta es su silla.

TERESA DE JESÚS

No, yo en mis plantas, señora,
y ella aquí, que es la priora,
mas yo una pobre monjilla.


Mi padre me dejó, a mis seis o siete años, esta obra de Eduardo Marquina. Estaba en un libro de encuadernación casera, de páginas tiesas y quebradizas, con tapas rojas de cartón y lomo de una tela rugosa y gris. Tenía el título pegado en una etiqueta blanca que debía haber sido recortada de una de las primeras páginas interiores.
Olía a telarañas y a hiposulfito de sosa.
Yo nunca había leído teatro, ni otra cosa supongo, salvo las lecturas escolares y una versión infantil del Infierno de Dante. (Virgilio y Santa Teresa, en mis inicios como lectora. Gentes que bajaron al infierno y volvieron. Guías).
Me fascinaron las acotaciones, el "vase", el "mutis", el "foro", y el extraño lenguaje que le dice "ella" en vez de "tú".
Leía de pie, paseando e impaciente porque apareciera la protagonista, que tarda un poco. No entendí el lío del secretario del rey y los afanes de la princesa de Éboli, solo que eran los malos y no me gustaban.
Quien me gustaba era santa Teresa, porque Dios la levantaba del suelo cada vez que se le ocurría, la vio mucha gente y esto era verdad, no como don Quijote, que era inventado y a pesar de ello ni volaba ni nada.

domingo, 12 de octubre de 2014

ANDANDO ALGUNAS VECES BARRIENDO


Los colores de otoño transparentan el hueso de los árboles. Tentación de verlo de la misma forma en que los desastres sociales, políticos y demás que nos rodean estos días, también transparentan el hueso de las trampas que nos pretenden encandilar. Con una magnífica lluvia releo la Vida de Santa Teresa, y encuentro allí los trazos que invitan a aquella libertad del alma que, vista desde fuera, es casi un burka. Con la básica diferencia de que el marido es Otro y la esposa, por más que lo parezca, no está cautiva ni despojada de más derechos que los que ella misma se quita. Así recuerda su estado de ánimo en sus primeros días de monja:
"...andando algunas veces barriendo en horas que yo solía ocupar en mi regalo y gala, y acordándoseme que estaba libre de aquello, me daba un nuevo gozo que yo me espantaba y no podía entender por donde venía..."

"Cuando desto me acuerdo, no hay cosa que delante se me pusiese, por grave que fuese, que dudase de acometerla..."

Noto que dar cuerda pública a estos pensamientos y garantizar su certeza y buen funcionamiento, en el caso improbable de un seguimiento masivo, sería ruinoso para los miles de comercios que viven de la gala y el regalo.
Y qué.


sábado, 11 de octubre de 2014

ESTRECHURA RETOCADA

Tuve que dar mis datos en un albergue, hará dos meses o así. Me preguntan en qué trabajo. Me callo. Me siento pillada. No lo sé. Incapaz de decir "en nada" porque me parece feo, me parece injusto y además no es verdad ni me lo creo. Digo mi respuesta de costumbre, incapaz de aclararme en otra nueva y acuciada por el tamborileo del boli en la mano nerviosa del voluntario: "soy maestra", y me siento mal, porque ya no soy maestra, aunque tampoco me siento embustera. Es una incomodidad de esas que decía santa Teresa de cuando te dispones a dar un salto y justo cuando empiezas te sujetan por detrás. 
He necesitado medio año para darme cuenta. Soy ama de casa. 
En la prehistoria digital hubiera empleado mis ratos libres en, además de leer, hacer croché o punto de cruz. Ahora me entretengo en retocar antiguos dibujos de la escuela, que tuve la previsión de guardar escaneados, al menos los esbozos. En el proceso creo que deben funcionar los mismos mecanismos por los que mi abuela colmó de tapetitos y cojines su casa y la nuestra; mi tía nos proveyó de elegantes rebecas y colchas de hilo y mi madre de numerosos jerseys más o menos apreciados.
Así que tomo el dibujo de Helena de Troya y lo reconvierto en santa Teresa, viendo en esta el remedio que la otra no tuvo, porque sus estrechuras, pasiones aparte, se parecen mucho.
"...Púsome delante si había sido mal hecho lo que había hecho (fundar San José), si iba contra obediencia en haberlo procurado sin que me lo mandase el provincial... y que si habían de tener contento las que estaban en tanta estrechura..."
Santa Teresa de Jesús, "Vida"

viernes, 10 de octubre de 2014

ENJAULADA HELENA

Entre la culpa, la pasión y la compasión. Incesante, el mar de Troya le arrastra el recuerdo arrumbado de una improbable, cara y destrozada libertad. Ya le da igual irse o quedarse.

viernes, 3 de octubre de 2014

BREL

Hoy es Brel quien ha vuelto. No me esfuerzo mucho en entenderlo. Sigo retocando a San Pedro mientras escucho la historia del vieux colonnel qui s'appelle Zangra.
San Pedro "debería" estar mirando al samaritano arrodillado al que le está imponiendo las manos, el Espíritu. Pero se ve reconcentrado, pensando a la vez en otra cosa. Quizá en Simón el Mago, que anda cerca, viendo el negocio, más que dispuesto a comprar el don imposible. Y san Pedro, que no, se abisma en la melancolía de ver un futuro lleno de otros muchos que sí. Et l'ennemi est lá.

jueves, 2 de octubre de 2014

SAN PEDRO


Tengo que dibujar un san Pedro que se parezca a este:

























Y yo lo veo un poco así. Tal vez cuando acabe pintado en una tabla y no sólo dibujado se le parezca más:




Me carcome la duda.

lunes, 29 de septiembre de 2014

CANCIÓN QUE VUELVE


Mientras nado de espaldas contra no sé qué lumbalgias y demás empecinamientos vertebrales me viene a la memoria la ráfaga de una vieja canción de Mina, que dice "Moriré en Buenos Aires, será de madrugada...", en español imperfecto y tanguero. Y me doy cuenta de que hace ya dos coches que no tengo radiocassette para oír las cintas perdidas no sé cuando.
En este camino de vuelta -¿o es la continuación y seguimos de ida?-, más corto y, supongo, previsible que antes, se dan regresos inesperados. como la música.

domingo, 28 de septiembre de 2014

ROMANOS



En "El primer hombre de Roma", de Colleen McCullough, leo acerca del aumento imparable, abusivo, contradictorio con la abundancia de las cosechas, del precio del trigo, controlado por unos cuantos patricios y pienso -como no- en el precio de la energía en nuestros tiempos. No es que me quiten el sueño esas cosas, pero la conclusión me resulta desoladora:
Todos quieren ser el amado, nadie el que ama.

viernes, 19 de septiembre de 2014

"GOG Y MAGOG"

Dios es el Dios de la libertad. Él, poseyendo todos los poderes para obligarme, no me obliga... Yo lo traiciono si me dejo obligar.
Martin Buber

lunes, 15 de septiembre de 2014

OLIVER TWIST


Lo leímos en quinto. Nos condujo a través de las nieblas de pobreza, ignorancia y desamparo que vadea la niñez, delincuente en su inocencia. A todos les gustó, más que nada por el contraste entre aquel penoso Londres y el recuerdo de sus camas calentitas, sus cuartos limpios y sus desayunos seguros. La historia los arrastró a interesarse por la cadena de sucesos que, como los antiguos hados, caían sobre Oliver, creciendo hacia el peligro y debilitando la esperanza. Los malos (pobres, sucios y feos, o, o) eran cada vez más malos. Los buenos, (ricos, limpios y guapos, claro) cada vez más lejanos e improbables. El ansiado último capítulo vino a ponerlos a todos en su sitio, como un juicio final que consoló a los atribulados lectores. Pues bueno, después de todo, los que se lo merecieron fueron felices y comieron perdices. A mí me quedó un sabor de azúcar Disney, del que nunca me fié.



 

viernes, 12 de septiembre de 2014

ADIÓS A LA ÉPICA

El primer día de curso tiene algo del catálogo de las naves con que se presenta el ejército griego en la Ilíada. Los colores, los hombres, sus hazañas... Así iba viendo desfilar, por primera vez, camino de la clase, a ese nuevo grupo que llenaría mis horas de ocupaciones, imprevistos y preocupaciones durante los siguientes meses, años.

Íbamos a leer "Naves negras ante Troya", una adaptación de la Ilíada, de Sutcliff, muy buena en mi tiránica opinión. Además, no conozco otras adaptaciones y pretender que a los once años lean la de Homero es mucho pretender.

Así que empezamos por repartir personajes, héroes, dioses, griegos y troyanos. Dibujamos a destajo y al cabo de unos días desde las épicas paredes escolares nos contemplaban los personajes a los que pronto iban a amar, odiar, compadecer, apoyar, admirar, adoptar como huéspedes mentales en sus historias.

Alguno eligió, furioso y sin querer decirlo, la "corta vida" de Aquiles. Los más lamentaron la injusta muerte de Héctor. Algunas niñas y yo, que tampoco había leído la Ilíada, compadecimos a Helena y despreciamos a Paris. Lo demás creo que no llegó a ser tan intenso.

"LUCY"

Mientras intentamos no tropezar con lo visible deambulamos a ciegas por lo invisible.

domingo, 7 de septiembre de 2014

EL MAPA

Lleva colgado ahí, al final de la escalera de la cámara, desde la noche de los tiempos. No sé de donde viene, ni de quién era. Lo he visto tanto que nunca lo he mirado. Está claro que parece un mapa de los que siempre estaban en las escuelas, pero en mi familia, que yo sepa, nunca hubo maestros. ¿O sí?
La intriga me hace asociar este mapa con un almanaque zaragozano de 1907 o por ahí que encontré en la cámara hace mucho tiempo. En los huecos del almanaque mi abuelo anotaba las cuentas del trigo y la almendra, tareas del campo y cosas por el estilo. Pero en una página había, escrita con tinta negra, una lista de doce o quince nombres y me pareció que sólo podía ser una lista escolar. Y, entre los nombres, desconocidos todos, uno que me dejó helada: Rogelio Arasil Esteban. El nombre de mi colegio de Cijuela, por el que había preguntado en vano a todo el mundo: "¿Quién era y qué hizo de especial para que le pusieran su nombre a la escuela?" Parece que un maestro, pero nadie sabía de cuándo ni el porqué de la placa. Me llevé el almanaque al colegio y se lo enseñé a varios compañeros. Aparte de comentar la curiosa coincidencia, no se aclaró nada. 
Perdí el almanaque en algún precipitado fin de curso y nunca lo encontré. 
Hace unos días Internet me mostró una lista en la que figura Rogelio Arasil Esteban, maestro, fusilado en Motril, en el año 36.
Así que, entre la confusa maraña de hilos que nos llevan y nos traen las vidas, alguna conexión quiso asomarse y, por encima de las indiferencias administrativas, entre aquella escuela y yo hubo algo más que ciega resolución del concurso de traslados. 

viernes, 5 de septiembre de 2014

JUNIO BRUTO

Esa extraña estatua -en Ponte de Lima- que más bien parece un muñeco, es el centurión Junio Bruto, que cruzó el río Lima mientras sus legionarios se quedaban al otro lado, paralizados de miedo porque creían que el río era el Leteo, cuyas aguas borran la memoria de quien lo toca. Junio Bruto, desde la otra orilla, los fue llamando uno a uno por sus nombres hasta que los tuvo a todos a su lado. 
Eso cuenta, más o menos, la inscripción. Y ese Junio Bruto me parece un gran maestro.

jueves, 4 de septiembre de 2014

APOYO

Nosotros no caminamos. Formábamos parte de la comitiva como "el coche de apoyo". Eso de apoyo me suena. He pasado mis últimos años laborales siendo la maestra de apoyo. Un privilegio evidente, dado que no se tiene tutoría y se libra una de ... muchas cosas. También se pierde otras. Lo bueno del apoyo es una especie de libertad creativa en la forma de trabajar con cada niño, con cada grupo, sólo limitada -y cuánto- por las propias limitaciones de los alumnos.
Así que le llevé al apóstol, a modo de calabaza de peregrino -porque a bastón no llegan, y a manto, menos- , el recuerdo de esos últimos alumnos, muchos de los cuales arrastrarán una pesada cruz, -ojalá les resulte más inconsciente que otra cosa- durante algunos años, tiernos y frágiles años donde, mientras todos brillan, ellos no brillarán si no es por sus carencias, librados al feroz combate de sobrevivir en las arenas donde vencen los ágiles, los listos, los guapos, los graciosos, los originales, los ... siempre otros.
Y le rogué a Santiago que, aunque no lleguen nunca a aprender otra cosa, se sepan amados. O les importe un pimiento.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

SOSPECHA

A veces tengo la extraña sospecha de que no es verdad cuando alguien me dice -o me decía- "encantado de conocerte"

domingo, 17 de agosto de 2014

FINIS TERRAE

Sería diferente. Antes de Rodrigo de Triana, llegar aquí era grande, quizá terrible, quizá nada. Hoy, a pesar del turisteo incesante, hay quien se sienta solo en las rocas, piensa en los pasos que le han traído, inevitablemente, hacia el resto de su vida, y escucha entre ruidos y conversaciones el compás del agua, que le sigue sonando a más allá.

viernes, 1 de agosto de 2014

EL OTRO

Recuerdo la extrañeza que me produjo, allá por mi último sexto, cuando los alumnos prefirieron el Autorretrato de Manuel Machado, al de Antonio.
Les llevé los dos y, después de leídos, explicados, comentados y vueltos a comentar, ellos, ignorando mis tendenciosas explicaciones llenas -ahora lo sé- de moralismos, dijeron: el otro.
Después de muchas vueltas llegué a encontrar la causa: Sonaba más a vacaciones.

lunes, 28 de julio de 2014

BECÚ


No quiero desvelar su verdadero nombre. Es una pena porque importa mucho. Así que le he procurado uno que sirva para dar idea de la historia. Vino a mediados de segundo, sin saber leer ni sumar cuando ya todos sabían hace tiempo y empezaban a dividir por una cifra.
Lo trajo a clase el director, que, entre resoplidos, me informó que la familia se acababa de mudar, que habían tenido problemas en el último sitio donde vivieron, peleas, denuncias y esas cosas. “No sabe ni leer. Casi no lo han llevado a la escuela en todo el tiempo. Haz lo que puedas”
Era un chavalito rubio de expresión felina, ojos azules, pícaros y luminosos. Vestía un chándal viejo, roto en los codos y las rodillas, y unas deportivas con la suela medio despegada. Se sentía cortado y miraba a todos lados con desconfianza, predispuesto a picarse.
-¿Cómo te llamas?
-David.
Lo había dicho bajito, como si le costara mucho.
-¿Qué más?
Silencio. Me quedé esperando casi un minuto. Él miraba para otro sitio. Temí que olvidara la pregunta. Todos atendían. Insistí. David se me acercó al oído y susurró dos palabras incomprensibles.
Cogí la lista de la carpeta.
-Necesito tu nombre completo para apuntarlo aquí. Si no lo sabes, lo pregunto en dirección.
Me miró afligido. Lo saqué al pasillo. Cuando vio que estábamos solos, tras muchos ruegos de mi parte y titubeos de la suya, me lo explicó.
-Es que no quiero que los niños se rían y me llamen por mi apellido.
-Pero hay otro David y habrá que distinguirte.
Quizá se sintió acorralado, harto del interrogatorio. Se hartaba pronto. Habló resignado, recalcando las palabras con cierto despecho, como quien paga una multa inmerecida, mirando más allá de mí, hacia los hados crueles que...
-Me llamo David Borrachera Quinta.
Aunque podía entenderlo, mentí.
-Son apellidos normales.
No se lo tragó. Otra vez la súplica.
-Maestra, por favor.
-Probaremos algo. A ver si cuela.
De vuelta en la clase, los demás ya estaban curiosos. Pensaban que habíamos ido a la dirección. Expliqué, aparentando una seguridad inapelable:
-No entiendo bien lo que pone en su solicitud, así que le llamaremos por las iniciales. Este nuevo compañero es David B. Q., para que nadie lo confunda con David Castillo.
Conforme con el arreglo, David B. Q. aceptó sentarse con su mesa pegada junto a la mía, porque nos dedicábamos a las primeras letras todo el tiempo que los otros nos dejaban.
Aprendió -tras muchos juegos y ruegos- a leer y escribir y yo a escribir del revés para no tener que estar volviendo su libreta a cada momento.
La situación, por lo visto, se prestaba a confidencias y así supe que a la escuela de antes no iba mucho, los niños se metían con él y le llamaban... “ya sabes, maestra”; que no le gustaban las lentejas y su madre se las cambiaba por bocatas de atún, que su familia vendía ollas y sartenes en los mercadillos de la zona, por eso él tenía la llave de su casa, ya que al llegar de la escuela muchas veces no había nadie. Me contó de su abuelo ferretero, de su perro negro que era un salvaje, de intrincadas broncas domésticas, de la furgoneta vieja, de la nueva, de cómo no tenía que hablar con los vecinos, que ya tuvieron bastante con los anteriores, que la señorita de Asuntos Sociales les había avisado, que su primo estaba en la clase de sexto y no quería ni verlo, que su nueva casa era mejor que la otra porque tenía jardín y le iban a poner una piscina... Parecía que estaba deseando venir cada mañana para contarme sus cosas, locuaz, incontenible, antes que yo empezara con el rollo de las tareas.
A fin de curso vestía ropa nueva y deportivas de marca. Se rumoreaba en la escuela sobre el éxito de turbios negocios familiares. A David aún le faltaba mucho para alcanzar el nivel mínimo del curso, pero no podía repetir porque ya tenía edad de ir a cuarto.
Años después - él rondaría los veinte - me encontró en el parque una mañana, con mi clase, que observaba plantas y cazaba insectos bajo el sol de primavera.
Ese momento de encuentro con ex-alumnos siempre tiene algo terrible para mí, pues temo confundirme de nombre o de curso, dudar de qué nos pueda importar de lo que nos digamos, desvelar, tras la magia lejana, si la hubo, la decepción de la “vida civil”...
Pero David B. Q. y yo nos saludamos con alegría.
-Maestra, no sabía si acercarme o no.
-¿Y eso?
-Porque sé que me vas a preguntar qué hago. Y me da fatiga.
Otra como la del apellido, recordé. Me eché a reír de sus precauciones, contenta de que su afecto hubiera podido más que su vergüenza.
-Te lo has buscado. ¿Qué haces?
-No te va a gustar saberlo.
Ya no era mi alumno. No me debía nada.
-No te apures, no me lo digas si no puedes.
Enrojeció. Pilló el amago de reto. Contestó reuniendo valor y mirando al suelo.
-Trabajo en un puticlub.
No sé si llegó a ver que él me importaba más que sus ocupaciones. Le reconocí, a pesar de la buena ropa, un aire algo mafioso, con el pelo a cepillo, los pendientes, la cadena de oro, el traje claro y la camiseta negra. Pero la cara de gato y el gesto pícaro y luminoso en los ojos, por un instante, lo devolvieron a sus años escolares.
-Maestra, es que después de tanto tiempo no podía pasar sin saludarte. Todavía me dicen David Becú.




jueves, 17 de julio de 2014

ESCRUTINIO


Por fin, en aquella escuela de la vega, tuve una tutoría de quinto. Mi asignación continua a los dos primeros cursos, después de quince años, terminaba. Agotadas las excusas que me vetaron en cursos anteriores, esta vez me tocaba elegir en primer lugar.
No obstante el equipo directivo seguía queriendo aquella tutoría para otro maestro y a mí en el primer ciclo. Trataron de disuadirme o de sembrarme la desconfianza: “Son muy malos, muy revoltosos, muy difíciles. Sus padres son complicados. Hay unos cuantos niños conflictivos. No estás hecha a tratarlos. Te meterán en problemas”. Pero mi deseo era tan antiguo que nada de aquello me importaba. Los conocía. Hacía apenas cinco años los enseñé a leer. Cuando repasé la lista de alumnos me di cuenta de que los recordaba muy bien. Habían crecido y ya no bastarían los pequeños textos que inventábamos en primer ciclo para encontrar historias y derroteros. Tenían que leer. Y mucho.
Desconocía casi por completo la popular colección de “El Barco de vapor” y otras similares. Lo poco que había visto me pareció aburrido y sin nervio. Me daba pereza investigar más en ese tipo de colecciones anticipando la decepción. Así que me propuse preparar una maleta con libros de mi infancia para llevárselos a mis crecidos alumnos. Libros probados todos, los que me hicieron feliz tantas horas, los que me abrieron algo más que ventanas al mundo exterior o acompañaron con agrado y sin pretensiones la soledad de aquellos años.
En el puente de las fiestas, en septiembre, me fui al pueblo, a casa de mi madre y subí a la cámara. Pensando en el escrutinio que le hicieron a don Quijote sus amigos, abrí dos viejos baúles de madera, de donde saqué y desempolvé unas cuantas docenas de títulos que tiraron del hilo de la memoria. Ahora yo no era yo, sino el cura y el bachiller, con la criba docente en ristre para escoger, de entre mis viejos sueños, los que juzgara más propicios.
Con esa idea elegí Ut y las estrellas, porque tenía un recuerdo poético del hombre primitivo que se empieza a civilizar al exponerse a la belleza; Tom Sawyer, por su alegría, sus amigos, sus charlas y su astucia; La isla del tesoro, cuyos recuerdos confundía con alguna película; La vuelta al mundo en ochenta días, ya enturbiada por los dibujos animados; Veinte mil leguas de viaje submarino, por la descripción del barco y sus mecanismos, y el tenebroso capitán Nemo; Cinco semanas en globo, por si les servía para aficionarse a los mapas; La Isla Misteriosa, mi favorito, por lo que tuvo de robinsoniano, con el agradable añadido de las charlas y las explicaciones científicas entre Herbert y Ciro Smith; La Ciudad del Rey Leproso, y la lucha encarnizada por alcanzar la maravilla del Kohinoor; algunos más de Verne y Salgari; Ivanhoe, Robin Hood, épico, heroico y justiciero; El infierno de Dante, una versión infantil de la Divina Comedia, con intención de subrayar el papel de Virgilio como guía en el mundo lóbrego; Mitología griega y romana, otro gran favorito, del que no me despegaba allá por mis siete años, en el cortijo de mi abuelo, hipnotizada por los poderes de los antiguos dioses, sus parentescos que no entendía, sus odios y amores, sus venganzas, sus celos, su continuo entrometerse con los humanos; Robinson Crusoe, en el que pensaba basar la presentación del curso a mis alumnos, para animarlos a descubrir que era mejor y más vivo lo difícil, el que no se lo dieran todo hecho; El Principito, que llegó a gustarme muchos años después de tenerlo, por si acaso algún alumno más sensible o espabilado le pillaba las vueltas; Zorro Rojo, elegido tan solo por ser de la misma colección que Ut y las estrellas, pero sin su encanto. Un mundo feliz, para empezar a preocuparlos, a mosquearlos acerca de las utopías, de las supuestas maravillas que les quisieran vender; Platero y yo, por las imágenes poéticas, por la belleza y dificultad de su lenguaje, capaz como pocos de grabarse en la memoria; Jennings sigue una pista, por divertido y travieso; Demian, para que vieran que se le puede dar la vuelta a cualquier historia y hacer algo especial de situaciones corrientes; Siddharta, por seguir con Hesse; Corazón, porque encontrarían allí un interesante panorama sobre la historia de la escuela, verían que siempre hubo problemas, odios, rencores, amistades y gratitudes en esos años colegiales, en esencia no tan distintos de los nuestros; El juglar de los zocos, una recopilación de cuentos orales marroquíes, para mí una verdadera joya, un libro de mi padre fechado en Madrid, en los años veinte; El candor del Padre Brown, por las explicaciones lógicas de los aparentes milagros; El Señor de las moscas, Fabiola, Sandokán, Los Bandidos del Sahara, Las nieves del Kilimanjaro y unos cuantos libros de la colección Héroes, de Bruguera, con la versión en cómic y en texto. Libros, muchos de ellos, que yo había recibido tanto tiempo atrás, con una emoción sin desengaño, tratando de adivinarlos por el tacto a través del papel, en noches de reyes, en cumpleaños, en santos, en vacaciones.
Allí, en la cámara, se quedaron los libros escolares, excepto un atlas, alguno de dibujo y un par de antologías de textos literarios; también, después de pensármelo un rato, se quedaron fuera la mayoría de los libros de mi padre y de mi tío: de novela negra, Agatha Christie y Dashiell Hammet, los inefables dramones en verso de Eduardo Marquina, el querido Diccionario Universal, desencuadernado y hecho polvo, los manuales técnicos y algún otro. No me llevé ninguno de poesía, con las que iban saliendo en los textos y alguna suelta que me fuera encontrando tendríamos bastante. Quizá fue un error.
El primer lunes, a mi regreso, les presenté los libros con estos o parecidos argumentos. Me escucharon interesados, sin impacientarse, haciéndome pasar de mano en mano el libro del que hablaba y pidiéndome algún dato personal del tipo ¿cuándo lo leíste? ¿dónde estabas? ¿quién te lo regaló? Los alumnos más problemáticos, por impacientes, traviesos y agitados, fueron los primeros en pedir alguno. Se disputaban la Mitología porque tenía grabados y por la serie de Hércules que ponían en la tele por entonces. Se apuntaron a leerla cuando fuera devuelta por el primero que la cogió y, con cierta resignación, se fueron llevando los demás.
Cerca de media clase leyó a destajo desde el principio de curso. Por placer, por supuesto. Sin resúmenes ni comprobaciones de lectura. Sin compromiso de acabar los libros. No había que contármelos. No valían para subir nota. Si no valían por sí mismos es que no valían para nada. Lo pillaron. Nunca les pregunté.
Vi que valoraban sobre todo el hecho de que aquellos libros fueran los míos, los que yo había leído cuando era como ellos, cosa que les conté para disculpar manchas, subrayados, desperfectos varios, y rogarles que no los destrozaran mucho pues no me gustaría perderlos.
Este episodio bibliotecario puso a los niños a mi favor durante el resto del curso y cuidaron de los libros tan bien que casi todos sobrevivieron a las lecturas de aquella terrible clase. Y, si alguno se estropeó definitivamente, alcanzó una muerte honrosa, mucho mejor que aquel apolillarse en un arcón de la cámara.





sábado, 28 de junio de 2014

EL QUIJOTE. 2


En aquel tiempo de quijotera conversa, con toques de fanática, me obsesioné con llevar el Quijote a la escuela.
Primer ciclo de primaria, niños recién destetados, si acaso, de la cartilla. Porque acabé usando cartillas pese a su mala prensa de entonces, ya que eran lo más rápido para despegar en la lectura. Y lo demás venía solo a poco que se le empujara.
Así, apenas supieron juntar las letras y hacerlas sonar, releí y cribé el Quijote con intención de saquearlo y llevé a mi clase una breve antología de párrafos, de lo más friki y fantasmal (el poema de la Cueva de Montesinos, apóstrofes a Sancho en la barquilla del Ebro, consejos cuando se va de gobernador a la ínsula, defensa de su oficio frente al Verde Gabán, confesión de la belleza de Dulcinea en su derrota final frente a Sansón Carrasco, su reto a los leones, las quejas de Sancho acerca de la caballería, el “come, Sancho, amigo, y sustenta la vida, que más que a mí te importa, que yo nací para vivir muriendo y tú para morir comiendo...”, el lamento de Sancho ante la muerte de don Quijote y algunos más...)
Leído varias veces, explicado y escrito en la pizarra el fragmento seleccionado, lo íbamos desmontando poquito a poco. Cada vez que podíamos y a alguien se le ocurría borrábamos palabras o expresiones para sustituirlas por otras y que aquello siguiera teniendo sentido. Al final obteníamos un texto de calidad discutible pero de expresión intachable:

Decía en el Quijote:
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía, no ha mucho tiempo, un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Tras el quirófano de la pizarra:
Bajo el techo de hierro de la estación, en la ciudad que visitamos hace poco, se veía un tren antiguo, con su locomotora de carbón, caldera humeante, maquinista y silbato...

-¿Esto lo he escrito yo, maestra?
-Pues claro. Cervantes y tú.


viernes, 20 de junio de 2014

DEL CERO AL INFINITO


Repetía curso. Había repetido todos los cursos que se podían repetir. Era grande, vocinglero y fanfarrón. Me obligaba a no dejar de vigilarlo con el rabillo del ojo mientras duraba la clase. Manejaba velocidades prodigiosas para tirar al suelo las cosas del pupitre de al lado, hacer volar la regla, la goma o el bolígrafo, escupir bolitas de papel, registrar las carteras, robar una merienda, lápices, monedas..., insultar por lo alto a cualquiera que participara en las tareas escolares, por lo bajo al más inocentón...
-Maestra, el Juan está diciendo que no llevo bragas...
-¿Y es que llevas?
Y todos, enseguida:
-A ver, a ver...
El caso era romper la clase a todas horas. Por suerte para mí no venía mucho. Traía justificantes cuya autenticidad acabé por no indagar. Cuando venía, antes de media mañana había una docena de quejas contra él. De los maestros, los compañeros, los niños más pequeños, creo que hasta del conserje.
No sé si por cansancio, rencor o indiferencia, me daba pereza llamar a su madre otra vez, volver a oírle sus “es que no puedo con él desde que era chiquitillo”, “este niño me está volviendo loca”.
Así que a veces lo llevaba al director o le ponía un castigo de copiar, que tampoco hacía.
-Fooo, maestra, esto parece Alcatraz...
Supongo detrás de las bravuconadas un niño solo, una familia rota, algún que otro éxito en los aledaños de la delincuencia, más horas de abandono de la cuenta. Lo supongo ahora, entonces apenas me llegaban las fuerzas para mantenerlo un poco a raya y desentenderme. No me importó lo bastante y esa mutua ignorancia era lo que parecíamos querer los dos.
En junio vino al último examen. Lengua de octavo. Ocultó durante todo el tiempo su impreso, en el que se afanaba de rato en rato.
Pasé por entre las mesas recogiendo folios y, ya en mi casa, vi el suyo. Todas las preguntas estaban en blanco. Al final de la página, en mayúsculas muy repasadas con bolígrafo, casi un veredicto: “DIOS LO SABE TODO”
Lo dejé aparte, para pensarlo después, y corregí el resto. Volví a su examen y me quedé colgada de la frase. Dios lo sabe todo. Me reí de su astucia. También se me ocurrió que a lo mejor me echaba en cara el haber tirado la toalla con él. Y serían Dios y él mismo los que me suspendieran a mí en ese universo paralelo que a veces se inmiscuye.
Al otro día aún no le había puesto la nota. La junta de evaluación estaba convocada para esa tarde. Me bebí el café de pie en la cocina, echando vistazos involuntarios a la pila de exámenes. El suyo estaba encima. Debía tomar una decisión de urgencia y me contenté con esta: como en el fondo es un descanso infinito para los perplejos humanos el que Dios lo sepa todo, a Juan le puse un cero, aunque ya esa y cualquier otra nota en general se me quedaron devaluadas para siempre.


martes, 17 de junio de 2014

SENTARME O NO SENTARME



El correctísimo saludo y un exceso de atención por parte de toda la clase me alertaron. Pertrechada de los cien ojos de Argos me acerqué a la mesa. Al tirar -muy despacio- del cajón en busca de tiza, vi los agujeros de los tornillos en el sillón. Si me sentaba se desarmaría y daría con mis huesos en el suelo en medio del estrépito y el regocijo general, como se adivinaba por sus caras de gozo reprimido.
Pude llamar al conserje y pedirle otro sillón, o cambiarlo por cualquier silla y sentarme, sin más, o montar un buen pollo mañanero para despejarme los pulmones. Pero quise probar la finura de la clase -uno de aquellos días habíamos leído que los inteligentes se ríen en silencio- y preferí simular que no había visto nada.
Todos estaban en el ajo. Unos por inocencia de divertirse y otros por malicia de fastidiarme. Rodeé la mesa mientras empezaba las tareas como cada día. Me quedé de pie y paseando. Corregimos los deberes de ayer, leímos un texto, explicamos la parte léxica y gramatical correspondiente, salieron a la pizarra... Y aún sobraba casi media hora.
-Haremos un dictado.
-Hoy no toca, maestra.
-Uno de repaso, que tenéis muchas faltas.
-Foooo...
-Hala, empezamos.
-¿Te vas a quedar de pie?
-Es para verte mejor, como el lobo de Caperucita.
-Fooooo...
Se callaban la impaciencia, ya metidos de lleno en ver cuanto aguantaba sin sentarme. Y cuanto aguantaban ellos sin decirme. Deslizándonos todos en sigiloso contento por esa cinta de Moebius que sostenía la vida en doble plano, pretendiendo que no hay más que uno. Hasta que el timbrazo del cambio de clase la cortara.

martes, 10 de junio de 2014

NADA TE TURBE...




Todo el mundo lo conoce, mucha gente tiene uno. Pero el “mío” lo traje de Ávila, del convento de la Encarnación, creo, a la vuelta de unas vacaciones veraniegas con tour castellano incluido. Era un cartelito tamaño folio, en cartulina amarillenta simulando pergamino, con el texto escrito en la letra de santa Teresa.
Me gustaba llegar temprano al colegio, una media hora antes de que sonara el timbrazo de entrada. Para sortear el tráfico de la hora punta, me decía. Pero aquel rato a solas me acercó mil veces a ese texto del que nunca me cansé.
Miraba por la ventana cómo llegaban los niños pequeños, agarrados de la mano de sus madres o abuelas; los más grandes venían en grupos, alguno solo; los coches de los maestros aparcaban detrás de las verjas; la furgoneta de las tortas daba una vuelta por si había despistados que se hubieran olvidado el bocadillo y llevaran algunas monedas...
Me volvía a la pizarra para escribir la fecha, mi vista siempre se paraba en el cartelito, lo leía y me llenaba del valor -nada te espante- que tanta falta me hacía en aquella escuela hostil, pese a sus inesperados y efímeros paraísos.
Durante muchos -y largos- años permaneció clavado con alfileres en una pared lateral del aula, a mi vista y a la de todos. Aún no había empezado la campaña laicista en la escuela pública y eso le permitió sobrevivir un curso detrás de otro -todo se pasa- emitiendo su aroma de flor discreta.
Creo que los niños no lo leían, exceptuando algún travieso al que “castigué” a copiarlo en espera de que el bálsamo divino de la calma lo ungiera por un rato.
El cartel vio los portazos, los alborotos infantiles, mi encierro voluntario en los recreos escapando de difíciles conversaciones en las que nunca supe navegar, llenas de indirectas, de dobles y triples sentidos, de reproches encarnizados o sutiles por… cosas.
Vio, finalmente, el día que entré en la clase dando saltos de alegría, ya que, después de tantos años, me daban otro destino. Las felicitaciones sinceras o fingidas de unos y otros, - la paciencia / todo lo alcanza- los abrazos, los “¿Vendrás a vernos?”, mis despreocupados “a lo mejor”, mis interiores “ni en sueños”.
Una de las últimas mañanas de junio, mientras descolgaba los dibujos y carteles de las paredes del aula para dejarla limpia, la maestra de religión me lo pidió. “Es que me gusta mucho, y también por tener un recuerdo tuyo”
¿Darle el texto de Santa Teresa? Me lo pensé un poco buscando algo que pudiera gustarle más. Y le ofrecí una historia sagrada en comic, el lapicero de cerámica, dibujos, algunos libros, otra cosa. Me costaba quedarme sin aquel cartelito barato y ajado que por otra parte, no era nada difícil de conseguir o reproducir. 
 Miré a la maestra. Sonrió como sabiendo. E insistió con el texto en la mano “¿Podría ser esto?” Así que se lo di.
Solo Dios basta.

sábado, 10 de mayo de 2014

RELEYENDO (COETZEE - DOSTOYEVSKI)


























Una lectura temprana -prematura, por lo que veo- me hizo creer que había leído "Los hermanos Karamazov". A la vuelta de muchos años veo que lo que apenas recordaba tiene muy poco que ver con estos rusos atormentados e hiperkinéticos que estoy leyendo por la noche. Como complemento releo por el día "El maestro de Petersburgo", de Coetzee, que tanto me ha gustado. Debo estar anticuada, prefiero a Dostoyevski.

jueves, 10 de abril de 2014

CONFESIONARIO

Decía mi padre -y no era machista en absoluto- que las mujeres no podíamos ser curas porque no éramos capaces de guardar las confesiones en secreto.
Luego eso no lo han dicho ni los más retrógrados. Pero a mí el argumento me convenció de que él estaba convencido y me retó a demostrar que sí éramos capaces.
¿A demostrar? Imposible. Las demostraciones requieren espectadores. Sólo yo podría ser testigo de tal cosa, y nunca se hizo un deporte para un público cero.
La imposibilidad genera deseos de venganza. Planeé escribir un libro titulado "Confesionario" donde daría cuenta de los más terribles secretos, conocidos e inventados, destripando enemigos como el Dante.
El contenido incluiría personas conocidas, famosas o inventadas.
Como alguna compañera del colegio que me hizo la vida imposible en mis primeras incursiones al mundo real, o sea, fuera de la familia. Descripción objetiva y zás. El caldo corrupto en que se cocinaba su alma, tan negra como la mía, lo sé.
Los adultos hipócritas que nos regañaban a escondidas.
Los chicos que hablaban de nosotras como si de ganado se tratara.
Las chicas que hablaban de las otras como si de ganado se tratara.
Los profesores amargados que nos cargaba de tareas para compensar lo mucho que les había costado llegar a donde estaban.
La diva superestar que no podía dejar pasar una ocasión sin refulgir sobre nuestra ordinariez.
...
Me fui dando cuenta de que para escribir un libro así me faltaban el valor y el talento. Y sobre todo, mantener el interés. Volver a sufrir a los insufribles, por gusto, en un montón de páginas. Ni hablar.
Luego me conocí un poco más y vi que todos estábamos hechos de lo mismo.
Así que lo dejé, definitivamente.

miércoles, 9 de abril de 2014

OJO ADENTRO Y OJO AFUERA







Si miras fijamente algunas caras
-sobre todo, la tuya, en el espejo, en fotos-
y te asomas al ojo que mira para dentro
encuentras las eternas preguntas sin respuesta
qué somos, dónde vamos, qué es la luz, que es la vida,
el ser, la nada, isla o continente,
Platón, las Musas, el ornitorrinco,
los mágicos cuadrados de los números,
la escalera del alma que se pierde,
sótano abajo, siempre en el misterio.

El otro en cambio siempre te rebota,
te regaña, te apremia, cómo estás todavía
pensando en musarañas,
la casa sin limpiar y no has comprado,
déjate de fantasmas,
corre, corre y trabaja y busca cosas
con las que puedas hacer algo.

Y están los dos ahí, en tu misma cara,
quizá Caín y Abel, siempre en diatriba,
y son ellos las únicas ventanas
por las que te entra el mundo.

viernes, 21 de marzo de 2014

HOY


Le doblo una esquina al tiempo
-o él a mí, que ya ni sé-
y por fin hacia la mar
veo a mi río correr.

domingo, 19 de enero de 2014

Año nuevo

Era un parque de Barcelona, el 1 de enero del año recién -¿recién?- estrenado. En la foto debería verse una cacatúa de las muchas que gritaban y revoloteaban de árbol en árbol. Supongo que está ahí, aunque no la veo. Y esta cultura del azucarillo, como dice un amigo, no me da paciencia suficiente para ampliar la foto y buscarla bien. Qué más da. Quién no ha visto cacatúas.