domingo, 31 de marzo de 2013

Chemana Chanta

De lo más friki lo encuentro. Me recuerda una ranchera donde el generalazo derrotado explica a su vencedor que:
...yo también fui hombre valienteeee
y quiero que me afusilen
y quiero que me afusilen
en público de la genteeee...

Es mucho simplificar, de acuerdo. Hay otros puntos de vista. Pero este deseo de ser mirado hasta en el anonimato de un capuchón es una realidad más real que las piedras, más que el alimento, más que la victoria, más que el ridículo, más que...
Resumiendo: la cruz no se puede llevar solo. O sí.

sábado, 23 de marzo de 2013

EL SÁBADO PARA EL HOMBRE

Porque con tanto ajetreo casi se me olvida que Jesús nunca se vistió de púrpura, ni llevó más tiaras que una corona de espinas, ni se quiso distinguir del común de los mortales con ornamentos, aditamentos, posturas o símbolos. Porque pesan y separan.
El peso de la cruz es invisible y hay quien necesita de toda su energía y parte de la ajena para cargar con ella. El peso de las tradiciones acaba colocando tantos oropeles que se desplaza el famoso lugar del alma donde se adora "en espíritu y verdad" hacia residuos de tiempo cada vez más chicos.
No sé, pero a mí las actitudes de este papa Francisco me consuelan de viejos arañazos que ni sabía que tenía.
Y a lo mejor voy mañana con una palma en la mano detrás de los incensarios, mientras mis hermanos "pequeños" agitan ramas de olivo.
Y a lo mejor me da la risa.
¿Y qué?

domingo, 10 de marzo de 2013

EN AQUEL TIEMPO...


Era fácil darnos cuenta de que, en la historia más grande jamás contada, éramos el hijo pródigo, la mujer adúltera, el publicano, la cananea, ...y toda esa caterva de inefables heterodoxos a los que Jesucristo convocaba sin más cebo que su amor.
Era más fácil todavía localizarnos en Egipto, bajo el látigo implacable del faraón, llámese como se llame, pues tiene nombres intercambiables y sucesivos, agachando el lomo en el barro, entregados como esclavos a la ingrata tarea de hacer ladrillos ajenos...
Pero, desde que fuimos recibidos, adoptados, perdonados, liberados, escuchados... y no sé cuánto más, adquirimos derechos y costumbres.
Qué miedo llegar a ser el otro hijo, el justo que tira piedras, el fariseo, el perfecto.
Qué miedo verse en la tierra prometida, llevar un látigo en la mano, ser llamado por el nombre de algún faraón, mandar hacer ladrillos y ladrillos, cada vez más ladrillos, y esta vez nuestros.
Qué miedo. En aquel tiempo...