lunes, 28 de enero de 2013

LIMONES DOMÉSTICOS



Con lo que aguantan. Que te asomas a la nevera y vas tirando en días sucesivos los tomates, los pimientos, las alcachofas, por supuesto, los pepinos, las peras..., hasta las zanahorias, y ellos siguen más o menos vivos, más o menos tersos, pero siempre amarillos, garantizando acidez, hasta que un día los ves con pelillos verdes.
Y cuando los limones tienen pelillos verdes es que has perdido la fe en las vitaminas.
Eso no es más que un síntoma, pues con los limones mohosos van cayendo a la basura tus insensatos propósitos de comer sano, de comer poco, de comer verdura, de tomar zumos, de hacer deporte, de correr por las tardes, o por las mañanas, de ir a nadar de vez en cuando, de mantener a raya el sedentarismo y el tabaquismo, de alejar los achaques, la obesidad, el humo de los coches, de...
Y, de pronto, te perdonas y te pones de tu parte, y encuentras de un cursi insoportable saber de triglicéridos y de lípidos, de colesterol HDL y del otro, y decides olvidar inmediatamente tanta salud y tanta monserga, y mientras cierras la bolsa con los malditos limones abres el armario y agarras un trozo de chocolate y te lo vas comiendo camino del contenedor. Total, para lo que dura esta, mejor correr para la vida eterna. 





sábado, 26 de enero de 2013

TACONEOS


Uno más y los dejo en paz.
¿Qué tienen de bueno aparte de su evidente incomodidad?
¿Que alargan las piernas? Como aquel infame Procusto que, al menos, tenía el detalle de tender en la cama a sus víctimas.
Son un puro machismo. Como los bolsitos de fiesta.
Una mujer en una fiesta es menos que un objeto decorativo.
Presa en sus tacones se esfuerza en sonreír.
Necesita mentir una felicidad inmensa.
Porque no puede salir corriendo. Con lo que se le supone:
-que está agustísimo entre gentes de su total confianza. Sí o sí.
-que se siente una bella encaramada
-que no le gusta su estatura y aspira a las alturas
-que ojalá alguien le haga sentarse de una vez (inválida de incógnito)
-que ha debido llevar un acompañante de profundos bolsillos que le guarde las cosas
-que una diosa no tiene que llevar más cosas
-que mientras no se sienten unas cuantas no se sienta ella, vayan a pensar...
-que parece joven y sana, y como prueba sonríe para que se le vean los dientes
-que mantiene una correcta postura obligada, ella, que a lo mejor se piensa libre
-...
Una mujer en sus tacones es un resto de esclava, delirantes pasitos de no sé qué especie de geisha occidental. Luego no ha servido de nada tanta revolución y progreso.
Dentro de mil años, a lo mejor de menos, exhibirán los tacones en los museos como viejos y refinados instrumentos de tortura. Junto a los aros que forman los collares indígenas de los padaung y las vendas chinas.