lunes, 5 de noviembre de 2012

MENDEL, MANDALA, MANDELBROTT




Si de este micromacro de fractales
te regalan un trozo, es infinito.
Y tú, conejo de la suerte, ingenuo,
primero lo acaricias y te asombras.
Algo después no puedes, te has perdido,
piensas que se repiten, y el cansancio
te invita a desistir. Pero resurge
la vieja sensación de que hallaste un tesoro.
Un metro más, un paso, un trago, un día.
Te engaña la unidad, que no es tangible
ni es una, ni te alcanzan tus neuronas
-por muy fractálicas que las tengas-
a verla o escucharla. Te tienen que contar,
pobre mendigo,
otros que oyeron a otros que oyeron a otros que oyeron a otros que oyeron...
Y tú tiendes el cazo de tu oreja
-también es de fractales-
con hambre y sed, y un poco de esperanza
hacia la noche, oscura normalmente,
en que se expresan
esos tres que son uno.
Y no te enteras.
Consuélate, compadre;
yo tampoco.